Crítica de Mad Heidi
Mad Heidi es una de esas películas que desde su concepción no pretende engañar a nadie. No es un drama solemne ni un relato fiel al clásico literario suizo: es, más bien, una parodia salvaje que abraza el exceso como bandera. Y en ese terreno se mueve con una frescura que, aunque no guste a todo el mundo, la convierte en un título singular dentro del panorama del cine fantástico reciente.
Lo primero que llama la atención es su premisa. Heidi, la niña inocente de los Alpes, es transformada aquí en una heroína de acción, violenta y vengativa, en una Suiza convertida en estado autoritario gobernado por un dictador grotesco. Esa reinterpretación convierte un relato costumbrista en una sátira desbordante. El guion no se preocupa en suavizar nada: exagera los clichés nacionales, ridiculiza el poder político y se burla de las convenciones narrativas tradicionales. El resultado es una especie de carnaval sangriento donde todo es posible, desde persecuciones delirantes hasta muertes absurdamente gráficas.
Visualmente, la película explota los códigos del cine de explotación de los años setenta y ochenta. La iluminación contrastada, los colores intensos y los encuadres forzados transmiten ese aire de serie B buscado con total consciencia. A ello se suma un despliegue de efectos prácticos, sangre artificial y mutilaciones que, lejos de buscar realismo, persiguen lo caricaturesco. La violencia se convierte en un recurso humorístico: cuanto más brutal es la escena, más risas provoca por lo desmesurada. Es un ejemplo perfecto de cómo lo grotesco puede ser cómico cuando se presenta con descaro.
En cuanto al reparto, destaca la protagonista, que consigue dotar a Heidi de una presencia física poderosa. No se trata de un personaje con gran profundidad psicológica, pero tampoco lo necesita: es un icono en construcción, una figura que mezcla inocencia infantil y furia guerrera. Los villanos, por su parte, se presentan como caricaturas casi de cómic, y eso juega a favor del tono general. No hay grises: el mal es exagerado, el bien es feroz, y el enfrentamiento es inevitable.
Uno de los mayores aciertos de la cinta es su ritmo. No da tregua al espectador, y en menos de dos horas despliega un arsenal de secuencias delirantes que van escalando en violencia y absurdo. Puede pecar de repetitiva en algunos momentos —ciertas bromas y recursos visuales se alargan más de la cuenta—, pero en general mantiene una energía contagiosa. Quien entre en su juego probablemente saldrá con una sonrisa y la sensación de haber visto algo distinto a la oferta habitual.
Eso sí, Mad Heidi no es para todos los públicos. Su humor es explícito, su violencia es desmesurada y su irreverencia puede resultar incómoda para quien espere un producto convencional. Pero precisamente ahí reside su encanto: no busca gustar a todos, sino convertirse en una pieza de culto para quienes disfrutan de lo disparatado, lo gamberro y lo políticamente incorrecto.
En definitiva, Mad Heidi es un festín de sangre, queso y sátira. Una reinvención delirante de un clásico literario que no pide permiso para ser absurda, ruidosa y excesiva. Puede que no sea una obra maestra, pero sí es una experiencia única que se disfruta mejor con el espíritu abierto y ganas de dejarse arrastrar por un espectáculo tan absurdo como entrañable.

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